Los Borja (verano de 1499)

Famosos por su despotismo y sus ambiciones de poder, los Borja son una saga familiar, la cual tras el papa Alejandro VI, sus hijos César y Lucrecia, son quienes han tenido más peso en la Historia. César fue nombrado cardenal por su padre con 16 años, aunque más adelante dejaría el cargo para dedicarse al ejército papal y a la conquista de nuevos territorios, los cuales a la muerte de su padre le serían arrebatados. Mientras tanto, Lucrecia, fue utilizada como instrumento estratégico por su familia, llegando a casarse hasta tres veces. Es en su último matrimonio, con el Duque de Ferrara, cuando parte de su dedicación se centra en la protección a artistas, ayudando de esta manera al florecimiento del arte del Renacimiento.

 

Desde València, los Borja partieron hacia Italia para convertirse en una de las familias más poderosas del siglo XV. En la ciudad se conserva el palacio familiar, donde hoy tienen su sede les Corts Valencianes, conocido como el “Palacio de los Borja”. En el vestíbulo de les Corts se pueden ver unas réplicas de las estatuas que se encuentran en Gandía, del papa Alejandro VI y sus hijos. En la Catedral de València, también dejó su huella esta familia con unos frescos que Rodrigo de Borja (futuro Papa Alejandro VI) encargó al artista italiano Paolo Da San Leocadi, quien introdujo el estilo renacentista en la Península Ibérica. Por lo tanto, podemos decir que el Renacimiento llegó de Italia en gran medida a través de la familia Borja.

 

Tras Inocencio VIII, Rodrigo Borja era elegido papa la noche del 10 al 11 de agosto de 1492 por unanimidad del cónclave. En esta decisión influyó el dinero, que les sirvió para comprar a los cardenales, y esto, unido a los juegos de alianzas políticas fue clave para la elección de Alejandro VI. Se convertía así, en el segundo papa Borja de la historia. Según las crónicas de la época, esta elección fue recibida en Roma con gran alegría y festejos, y muchas embajadas de otros países del continente llegaron para rendirle su obediencia.

 

Las primeras medidas que tomó al llegar al poder, fueron bastante sencillas; la mayoría encaminadas a reorganizar las finanzas y a asegurar el orden público, que en ese momento estaba muy revuelto en la ciudad italiana, con muchos asesinatos, robos, etc. Pero la fama de este papa y su familia comenzó a fraguarse con los rumores que corrían por Roma de su conocida como “corte femenina”, es decir, las mujeres y niños de la familia, que se instalaron en un palacio contiguo a las dependencias vaticanas.

 

De todas fromas, los problemas de Alejandro VI en los primeros tiempos de su llegada al poder en el Vaticano tuvieron que ver con las enemistades políticas, ya que cualquiera que tuviese algún tipo de interés en alcanzar poder en Italia, era enemigo del papa Borja. Entre estos enemigos papales se encontraban los barones de Roma, tiranos de la Iglesia, los reyes de Nápoles y los duques de Milán, la república de Venecia, los franceses o los Reyes Católicos en Castilla. Los italianos nunca le perdonaron a Alejandro VI que quisiese reordenar Italia en torno al poder de Roma, y sobre todo en torno a un papa Borja. Alejandro VI sabía que tan solo se podía fiar de sus familiares más allegados y de compatriotas, por lo que Roma se llenó de gente venida de Valencia, Mallorca o Lleida. Fueron muchos los valencianos que trabajaron en la corte, y este motivo hizo que el idioma más hablado en esta época en el Vaticano fuese el valenciano.

 

El Renacimiento estuvo muy presente durante el mandato de Alejandro VI. Él no era un gran experto, pero sí se rodeó de grandes humanistas y fue un defensor, a su manera, de la nueva libertad de pensamiento. Estos humanistas también influirán en la educación de su hijo César. Ayudó económicamente a la Academia Romana, dirigida por Pomponio Leto, una entidad que combinaba el estudio de las letras clásicas con ideas neopaganas.

 

En cuanto a los estudios universitarios, dio un buen impulso a la Universidad de la Sapienza de Roma, a la que dotó de sede propia. En relación a València, fue Alejandro VI quien emitió las bulas papales que otorgaban al Estudi General la categoría de Universidad. Nacía así, la Universitat de València.

 

El palacio donde vivió cuando era todavía cardenal Rodrigo de Borja, es el primer palacio renacentista de Roma. Y siendo ya papa, reformó otros edificios de la ciudad con el mismo estilo arquitectónico. El caso más sobresaliente es el de los palacios pontificios, que aún hoy se conservan. Pero hizo reformas también en el castillo de Sant’ Angelo, y mandó construir el techo de la iglesia de Santa María la Mayor. En ambas obras se pueden ver toros, símbolo del linaje de los Borja. También encargó obras de arte que serían iconos de esta etapa a varios artistas renacentistas italianos como es la Piedad de Miguel Ángel.

 

Lucrecia, hija de Rodrigo Borja, fue utilizada como moneda de cambio por su familia. Su padre y hermanos utilizaron sus matrimonios para trazar alianzas políticas. Su primer matrimonio fue con Giovanni Sforza, pero este no llegaría a buen puerto, y entre los años 1497 y 1498 hubo bastante revuelo en torno a esta alianza. El marido de Lucrecia se veía cada vez más marginado en Roma con los cambios en la política del papa. Este episodio terminó en divorcio, viéndose Sforza obligado por su suegro, a admitir que no habían consumado el matrimonio, y con Lucrecia fugada a un convento durante meses. Pasados estos avatares, el siguiente hombre elegido como marido de Lucrecia sería Alfonso de Aragón, un joven príncipe de la casa real de Nápoles. El matrimonio fue negociado por su hermano César para unir las dos familias. Pero este segundo enlace también duraría poco. Tuvieron un hijo, Rodrigo, pero poco después el papa Alejandro y su hijo César decidieron que era mejor aliarse con los franceses y romper las alianzas napolitanas. César ordenó el asesinato de su cuñado en 1500, tragedia que se unía a la ya afrontada por los Borja con el también crimen del hijo predilecto del papa, Juan, unos años antes. Todos estos acontecimientos fueron encumbrando cada vez más a César como protagonista de la familia Borja. El que hasta ese momento había sido cardenal, en 1498 renunciaba a su cargo para convertirse en duque de Valence del Delfinado y conseguía de esta manera sus objetivos en relación a Francia, la alianza con el rey Luis XII. César se casa con la hermana del rey de Navarra. Acompañó al rey de Francia en su campaña para ocupar el ducado de Milán, lo que más tarde le otorgaría el poder para enfrentarse con los señores de los Estados Pontificios. Esta última campaña tenía como objetivo conseguir un estado nuevo y bien organizado, seguramente encabezado por el propio César Borja.

 

 

La caída de los Borja comienza cuando en 1502 los capitanes de los ejércitos de César se conjuran contra él. Aunque el hijo de Alejandro VI consigue que los sublevados caigan con una trampa, en 1503 tiene que volver a Roma para ayudar a su padre contra los Orsini, lo que le obliga a dejar de lado sus planes militares. Por otra parte, las tropas castellanas derrotaban a los franceses y se hacían así con el reino de Nápoles, en manos ahora de Fernando el Católico. Pero en agosto de 1503 tanto Alejandro VI como su hijo César contraen la malaria, epidémica en Roma. El papa muere el 18 de ese mismo mes.

Su hijo intentó que el sucesor no fuese uno de sus enemigos, por lo que salió elegido Pio III Piccolomini, viejo amigo de la familia Borja. Pero el nuevo papa tan solo duraría veintisiete días, y en el siguiente cónclave los Borja ya no corrieron la misma suerte. Fue elegido el cardenal Giuliano della Rovere, cuyo nombre pontificio sería Julio II. Se trataba del enemigo más poderoso de los Borja, por tanto su destino ya estaba decidido.

Este nuevo pontífice mandó encerrar a César y lo obligó a devolver las ciudades que le pertenecían. Fernando de Aragón manda que César sea trasladado a València, ciudad a la que llega en 1504 con veintinueve años. Tras intentar escapar de Chinchilla lo trasladan a Medina del Campo, de donde consigue escapar también pero esta vez con éxito y pone rumbo a Pamplona. Desde esta ciudad envió mensajes a su hermana Lucrecia, que residía en Ferrara, a sus contactos en Italia y a Luis XII de Francia para saber si tenía alguna posibilidad de recuperar alguna de sus posesiones, pero no le quedó otro remedio que ponerse a disposición de su cuñado Juan de Albret. Fue nombrado capitán general de las tropas reales y en la ciudad de Viana murió en marzo de 1507, en un ataque.

Mientras tanto, Lucrecia vivía en Ferrara con la familia de su marido, quienes no la trataban todo lo bien que se podría esperar, pero aun así tuvo varios hijos con Alfonso de Este. Ella se creó su propio universo dentro de la corte, con sus damas de compañía y sobre todo rodeada de arte, con libros y tratando con poetas del momento, lo que la convirtió poco a poco en una dama respetable dentro de la corte e hizo que su pasado en Roma fuese quedando a un lado. Se ocupó tanto de sus hijos como de los de su hermano César, haciendo que fuesen a la corte y casándolos con otras familias nobles, o ingresando a su sobrina en un monasterio, que la misma Lucrecia fundó. Finalmente, tras unos años de recogimiento, murió después de dar a luz en junio de 1519.